Para
celebrar que es 29 de febrero, un día tan friki que solo existe cada
cuatro años, voy a publicar un post
que tenía atascado desde hace tiempo, a pesar de que los libros me
encantan, y que, curiosamente, es el capítulo 29 de Pues vaya libro friki (me encantan estas casualidades de la vida).
Seguro
que la mayoría de vosotros os acordaréis de aquella serie de los 90
que La 2 ponía indefectiblemente todos los veranos: Buffy
cazavampiros. Buffy era una adolescente rubia y mona que iba al
instituto por las mañanas y por las noches salía a luchar contra la
plaga que asolaba su pueblecito: los vampiros y otros seres del
estilo (es lo que tiene vivir en lo que técnicamente se conoce como
la Boca del Infierno, que el porche se te llena de bichos). En la
serie salían todo tipo de monstruos y seres sobrenaturales: brujas;
vampiros de toda calaña, incluyendo a uno con alma (da que pensar
que Ángel probablemente sentó las bases de tanto vampirito guapetón
y torturado… Y sí, me estoy metiendo con Crepúsculo, y,
especialmente, con los protagonistas de su adaptación
cinematográfica: Carapánfilo y Lánguida), y otro malo pero con
corazoncito; hombres lobo (el novio de una de las brujas, por
ejemplo); zombis; algún monstruo inclasificable… Y Buffy se
encargaba de los malos sin despeinarse y sin que ni una gotita de
sangre (o fluidos corporales en proceso de putrefacción) manchara su
monísimo modelito, mientras se hacía amiga (o novia) de los buenos.
Pues bien,
la serie de Anita Blake de Laurell K. Hamilton es como Buffy, pero
hardcore. En los Estados
Unidos se ha legalizado el vampirismo (sí, igual que en la serie
True Blood) y en San
Luis los vampiros han sabido sacarle partido a la atracción que
sienten los humanos por ellos, abriendo una serie de locales de gran
éxito (tres de ellos dan nombre a los tres libros publicados en
español). También salen a la luz otros seres y actividades
sobrenaturales; de hecho, se considera legal la declaración de un
zombi, por lo que en San Luis se ha abierto Reanimators
Inc. una empresa a la que puedes
acudir cuando necesites saber lo que quería decir el abuelo en su
testamento cuando le dejó la casa de la playa al perro. Anita Blake
trabaja allí, como reanimadora, levantando zombis a diestro y
siniestro. Además, completa sus días ejecutando vampiros a los que
la búsqueda de comida se les ha ido de las manos, y colaborando como
asesora de la recién creada Brigada de Investigación Preternatural
de la policía (también conocida como Santa Compaña). Y, por si
fuera poco, tiene una destreza innata para verse envuelta en todos
los problemas de la ciudad, quizás porque se siente obligada a
defender a los débiles de los monstruos que pueblan la noche.
Anita
es una chica de veintipocos, bajita, esbelta, de piel pálida y
bucles negros... Sí, ya sé que así contado no parece que haya
mucha diferencia con Buffy, salvo en el color del pelo. Pero esperad,
que sigo. Anita es, sobre todo, una tipa dura (vaaale, se supone que
Buffy también lo es, pero es que es muy fácil ser dura cuando en el
guión pone que el malo de turno no puede ni rozarte el flequillo).
Anita es más del estilo del inigualable John McClane (aquí es donde
viene Jimmy y empieza a gritarme por atreverme a estas
comparaciones), que recibe tanto como da, o más. Anita, consciente
de que pesa como 50 kilos menos que cualquier posible enemigo,
procura ir cargada de todas las armas que tiene a mano: cuchillos en
los antebrazos y piernas, un par de pistolas y su inseparable
crucifijo. E, incluso así, recibe unas palizas dignas del
protagonista de Jungla de cristal.
La
serie, de la que Gigamesh solo ha publicado tres libros de los
veintiuno que hay publicados (aunque en octubre de 2010 me dijeron
por correo que iban a publicar Café de los lunáticos
en breve. Ejem...), está llena de acción, con tiroteos,
persecuciones y peleas, todo regado con el genial sentido del humor
de la protagonista, que dedica sus comentarios irónicos a todo bicho
viviente (o no-muerto; de hecho, los únicos que se libran son sus
adorados pingüinos de peluche, con los que duerme cuando ha pasado
una mala noche). De hecho, hay momentos simplemente hilarantes, como
cuando describe los problemas de su madrastra cuando su don de
resucitar muertos empezó a despertar y durante sus viajes en coche
se convertía en el flautista de Hamelin en versión zombi. O su
obsesión por ir conjuntada, incluso cuando lo único que puede
llevar es una camiseta gigantesca para disimular el arsenal que
transporta por toda la ciudad.
Sin
embargo, una de las cosas que más diferencian a Anita de Buffy es su
filosofía, que se puede resumir en su frase "no salgo con
vampiros. Los mato", mientras que la rubia se no tenía ningún
problema en liarse con ellos. Eso no quiere decir que no haya alguno
con el que se deleitaría bien deleitada (parafraseando al gran Clark Kent)
y que, a medida que pasan los libros, cada vez le cueste más
resistirse a sus encantos. El tono erótico-festivo es otra de las
características de los libros de Hamilton: la autora se pasa los
días buscando excusas para descamisar a los personajes masculinos y
recrearse en su obsesión por los torsos desnudos, los abdominales
marcados y los pezones masculinos.
Porque
los vampiros de Anita Blake, a diferencia de tanto vampiro ñoño y
blandito, son lo que tienen que ser: monstruos. Vale que algunos
sepan comportarse y no se zampen al primer humano con el que se
topan. Vale que hayan creado negocios y hasta una iglesia (la única
religión da exactamente lo que promete: la existencia eterna,
siempre que no le tengas mucho aprecio a la luz del sol y no te
importe que tus colmillos se afilen un poquito, claro). Vale que
Jean-Claude a veces no parezca el manipulador depredador que es. Pero
todo eso no hace que dejen de ser lo que son, bestias inteligentes
hambrientas de sangre.
Anita
tiene de todo, como veis. Vampiros, acción, peleas, humor, trabajo
detectivesco, muchos pezones... Una mezcla que, al menos en los tres
libros que hay en español, resulta fresca y divertida; vale, no son
libros profundos, pero son muy entretenidos. Solo espero que, si en
algún momento Gigamesh se decide a sacar el resto de los veintiún
libros que hay escritos hasta la fecha (por cierto, si hay alguien
interesado, Marvel ha publicado varios cómics sobre Anita),
no se pierda la frescura y la serie degenere, igual que le pasó a El
Clan del Oso Cavernario de
Jean M. Auel, que terminó por convertirse, como decía una amiga
mía, en sexo en las cavernas.

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