Como sabéis, yo soy más de fantasía
que de ciencia ficción; de hecho, si no he contado mal, de las 37
entradas que he publicado hasta ahora solo tres están dedicadas a
libros de ciencia ficción. Normalmente me lo pienso bastante antes
de decidirme a comprar un libro de ciencia ficción, sobre todo si
son de ciencia ficción más o menos pura (es decir, esa en la que,
antes o después, sueltan una parrafada incomprensible que justifica
el motor sublumínico con el que han viajado desde otro planeta o
cualquier otro aparatejo similar; qué queréis que os diga, pero a
mí eso me rompe el ritmo), porque me cuesta más vivirlo, no me
sumerjo en la historia y me aíslo del mundo, como con otro tipo de
libros (algo de lo que hablé hace muucho tiempo aquí).
Cuando vi que Gigamesh había
publicado Bill, héroe galáctico de Harry Harrison (todo un
acontecimiento, ya que llevaban mucho tiempo dedicados únicamente a
imprimir más y más ediciones de Canción de hielo y fuego,
olvidados todos los demás proyectos que tenían -¿alguna vez
publicarán Café de los lunáticos?-), curioseé un rato para
averiguar algo sobre el libro que había sacado a la editorial de su
obsesión autista con Martin. ¿Un libro de ciencia ficción de
humor? Pues no tiene mala pinta... Pero me pudo una manía que tengo
desde pequeña, cuando me pasaba una mañana entera en distintas
librerías, buscando la manera de conseguir tener libros para leer
durante todo el verano (yo no leía, devoraba páginas) con mis
ahorros de todo el año; eso me enseñó a que, en caso de duda entre
varios libros, el tamaño o la edición más barata marcaran la
diferencia (cuando llegaba a casa y empezaba a vaciar bolsas y bolsas
de libros, mi madre se acercaba para saquear mi botín y decidir
cuáles se iba a leer -de aquella mis lecturas eran más variadas- y
siempre me preguntaba si los escogía al peso. No iba muy
desencaminada). Así que cuando vi que no llegaba a las 200 páginas,
la niñita que compraba al peso se retorció en mis entrañas,
quejándose porque, por ese precio, podría comprar alguna edición
de bolsillo que supiera que me iba a gustar seguro (sí, amigos, en
lugar del típico angelito con su demonio a juego, cada uno
encaramado a un hombro, yo tengo a una maniaca devoradora de libros.
Nunca he dicho que sea una persona normal). Pero luego las dos
seguimos ojeando la contraportada y vimos la siguiente cita:
"simplemente, el libro de ciencia ficción más divertido que se
haya escrito jamás", ¡de Terry Pratchett! Y eso convenció
hasta a mi pequeña lectora neurótica; si Pratchett, que siempre me hace reír,
dice que es divertido..., pues habrá que darle una oportunidad (por
cierto, esto de las citas de autores famosos poniendo por los cielos
otros libros, ¿no os resulta un poco sospechoso? A mí siempre me
resulta raro... Pero, incluso así, caigo. Yo soy así).
Bill es un patán de Fingerinadón II
que pasa, sin saber muy bien cómo, de estar arando su campo a
haberse alistado en el ejército para luchar contra el archienemigo
de la humanidad, los chíngers, unos reptiloides de más de dos
metros de altura que pretenden acabar con los humanos a lo largo de
todo el universo. Empieza con su instrucción, un periodo diseñado
por verdaderos psicópatas para quebrantar el cuerpo y la mente de
los reclutas hasta conseguir seres brutales, sin personalidad propia,
guiados por condicionamientos reflejos introducidos a palos en su
cerebro (o lo que queda de él), que seguirán las órdenes de sus
superiores, sean cuales sean. Y más tarde sigue a Bill a través de
una serie de accidentes y desdichadas casualidades que le llevan a
convertirse en un héroe.
Todo el libro está, efectivamente,
impregnado de humor, de una mordacidad que se supone satiriza las
novelas de tropas galácticas (esas que son como G. I. Joe, pero en el espacio), pero que
ataca a todo lo que queda a su alcance: la guerra, que se
retroalimenta a sí misma a través de mentiras sin pausa; el
ejército, dirigido por ceporros burócratas incapaces de encontrarse
el trasero con las dos manos, y formado por descerebrados que no
saben por qué luchan, más allá de porque su sargento dice que el
enemigo es el demonio; el patriotismo que justifica cualquier
atrocidad, siempre y cuando venga del bando de los buenos (los malos
no son patriotas, son nacionalistas. Da igual que estén defendiendo
el terruño reseco con cuatro cabras al que llaman hogar de la
invasión de los patriotas; eso no los convierte en dignos de pararte
a pensar si, quizás, lo que tus superiores llaman ataques
indiscriminados contra tu nación no se definiría mejor como
defensa propia); el reconocimiento del heroísmo con medallas
deslucidas que no significan nada... La mayor parte de las veces no
estallarás en carcajadas, pero siempre he creído que una media
sonrisa sarcástica es, a veces, igual de satisfactoria que romper a
reír (y es mucho más discreta en el autobús). Y es que no podréis
dejar de sonreír con pasajes como este del periodo de instrucción
de Bill: "dado que aquella mañana era un poco más fresca de lo
habitual, se pospuso el desfile de los lunes hasta que el suelo de
ferrohormigón del patio de instrucción se hubiera calentado
adecuadamente para provocar el máximo de lipotimias".
Bill,
héroe galáctico
es la crítica lúcida y ácida de un hombre que participó forzado
en la Segunda Guerra Mundial, de la que salió tan asqueado como para
escribir esto sobre el ejército en una edición de Bill,
héroe galáctico:
"The
mixture of sadism, unquestioned authority, brutality, racism,
intolerance, vulgarity, to name but a few, was the antithesis of
everything that I believed in ... The better you are as a soldier,
the worse you are as a human being. Unthinking obedience, rote
learning, intolerance to others, nasty death to the enemy, vulgarity
and alcoholism - dope now substituted for drink in the new Army - the
individual sublimated to the mass mind",
y que ve cómo, a mediados de los años sesenta, el mundo vuelve a
entrar en la locura con la guerra de Vietnam. Harrison se sirvió de
una historia de ciencia ficción para mostrar la realidad del mundo
que le rodeaba (y que, desgraciadamente, nos sigue rodeando. Recordad
que en el ejército español puede entrar cualquiera con un
coeficiente intelectual mayor de 70 -la media está en 100-, sin necesidad de que haya conseguido siquiera el graduado escolar. Y
esas personas tendrán acceso a armas de todo tipo), sin tenerse que
preocupar más que de inventar un taco multiusos, bowb
(foder
en la edición en español), para poder representar de forma realista
el educado
y correcto
vocabulario cuartelario para esquivar la censura imperante en EEUU en
aquellos días.
Un
libro fácil de leer (y no lo digo en el sentido de "hay
etiquetas de galletas cuyo argumento es más difícil de seguir"
que suele usar la gente, sino en el de que es un libro divertido,
corto, con una historia sencilla cuya riqueza estriba en las cargas
de profundidad que esconde el texto), más que recomendable para
aquellos que cualquiera que no esté obcecado en que el mundo está
dividido en buenos y malos según los estándares americanos (es
decir, los buenos son ellos y los malos los demás, empezando por
todos los que no comen cerdo porque su religión se lo prohíbe, y
siguiendo con el resto del mundo como se pongan un poco tontos) y
quiera pasar un rato divertido.
Y
no olvidéis nunca que "todas las semanas son la semana
de fode a tu compañero"

2 comentarios:
Buena pinta. Apuntado queda.
Aprovecho para darte las gracias: ayer me aburría soberanamente en un viaje de 5 horas en autobús y gracias a estar suscrito a tus actualizaciones tuve un ratito de lectura bloguera interesante. Un saludo!
¡Hola otra vez, JMHulme!
Bill, héroe galáctico es muy recomendable; ya me contarás si te lo lees.
Los viajes largos en autobús aburren a las ovejas (yo me los pasaba durmiendo, porque me mareo como un pato en cuanto no puedo ir mirando constantemente hacia delante), así que me alegro de que mi entrada te haya servido para entretenerte un rato.
¡Saludos!
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