sábado, 24 de marzo de 2012

Capítulo 31: de 'Un sombrero de cielo' y los geniales libros juveniles de Pratchett



Tengo debilidad por Pratchett (creo que eso quedó claro en la entrada que le dediqué) y adoro el Mundodisco. Me da igual que sean los libros de las brujas, los de los magos (¡vivan el Tesorero y Ridcully!), los de la Guardia (genial Nobby), los de la Muerte (que me encanta)… Todos son divertidos, ocurrentes, magníficos, llenos de personajes espléndidos. Incluso los libros presuntamente dedicados al público juvenil como The Wee Free Men. Pequeños hombres libres merecen mucho la pena (sí, ya sé que me estoy contradiciendo con unos de mis argumentos en el post de Pathfinder; pero Pratchett es una excepción). Solo por Tiffany Dolorido y sus Terceros Pensamientos ya sería suficiente razón para leerlo, pero es que, además, están los Feegles (los pequeños hombres libres), unos primos lejanos de las hadas, de unos pocos cm de altura, pelirrojos, greñudos, cubiertos de tatuajes azules de pies a cabeza, malhablados y parranderos con complejo de perro pequeño: son diminutos, pero se sienten grandes, así que se pelean con todo aquello que se cruza en su camino.

Así que, cuando apareció Un sombrero de cielo (y no Un tocino de cielo, como dice mi novio, ya famoso por cambiarle los nombres a los libros sin querer), los Reyes Magos no dudaron en incluirlo entre los regalos.

Me lo leí en un fin de semana, durante el cual dejé abandonada por un rato La Casa de Cadenas (por cierto, ¿por qué ha desaparecido el artículo en la traducción, si en todos los libros anteriores se hablaba de la Casa de las Cadenas?) para coger Un sombrero de cielo y creedme si os digo que cumplió mis expectativas.

Han pasado un par de años desde que Tiffany Dolorido, armada con una sartén y acompañada por un puñado de Feegles, puso en su sitio a la Reina de las Hadas. Desde entonces ha seguido con su rutina en la granja, además de recibir lecciones de la señorita Lento (en las que aprende muchas cosas, salvo magia. El único truco que domina es proyectarse fuera de su cuerpo, lo que viene muy bien para ver qué tal te queda el vestido nuevo si no tienes un espejo de cuerpo entero a mano), todo ello bajo la atenta mirada de los Feegles, que intentan proteger a su arpiña de cualquier cosa con la que se cruce (a pesar de que la nueva kelda ponga pegas). Pero ha llegado el momento de abandonar su tierra, la Caliza, y entrar como aprendiza de una bruja. Durante y viaje y su estancia en la casa de la señorita Cabal, Tiffany se ve acosada por un colmenero, un ente invisible que merodea en torno a personas poderosas para intentar colarse en su cuerpo.

El libro consta con las apariciones estelares de algunos personajes de sobra conocido, como Yaya Ceravieja, pero podría pasar sin ellas. Recordemos que la serie de Tiffany Dolorido, aunque está relacionada con los libros de las brujas, no pertenece como tal a ellos; sí, salen Yaya y Tata Ogg, pero la historia se mantendría perfectamente sin los cameos. De hecho, en el orden de lectura oficial los libros de Tiffany aparecen con una "conexión menor" con las novelas de las brujas.

Un sombrero de cielo se sostiene en el personaje de Tiffany, más todavía que The Wee Free Men, donde los Feegles tenían un gran protagonismo. Pero eso no le quita interés al libro. Hay suficientes pasajes en los que los Feegles dan lo mejor de sí mismos como para partirse de risa (lo que no hace aconsejable leer este libro en los autobuses, porque luego te miran mal), aunque ahora sean menos escoceses y más asturgalaicos que en el libro anterior (a pesar de que papaberzas sea un hallazgo de insulto). Probablemente mi parte preferida sea en la que deciden seguir a la arpiíña en diligencia y hacen el viaje disfrazados de humano y regalando oro a manos llenas, que es simplemente descacharrante.

Pratchett es capaz de crear con maestría y gran mimo a una niña aguda, un poco repelente, con una lengua afilada, que se siente un bicho raro y no termina de encajar en ningún sitio, salvo en el hogar que ha dejado atrás. Una de mis mejores amigas decía que Lost in Translation reflejaba mejor que nada la soledad de dejar tu casa, el lugar que había sido todo tu mundo hasta entonces. Qué queréis que os diga, seré una garrula que no sabe apreciar el arte, pero a mí esa película no me dijo nada (y eso que yo acababa de irme sola durante varios meses a dos mil y pico kilómetros de mi casa), mientras que este libro sí me ha transmitido esa sensación, mezcla de emoción, miedo, soledad... Un sentimiento que, después de todo, no tiene solo que ver con mudarse, y que, probablemente, sea reconocible para cualquier friki. ¿Será por esto por lo que me guste tanto el personaje de Tiffany?

Y es que con este libro Pratchett vuelve a conseguir un libro verdaderamente para todos los públicos, algo que parece ser casi imposible de escribir (y sí, os estoy mirando a vosotros, Orson Scott Card y Trudi Canavan). Un libro encantador, tierno, divertido, con gran parte de la ironía a la que nos tiene acostumbrados el autor, y con uno de los personajes más prometedores del Mundodisco.

En conclusión, regaládselo a vuestros hijos, sobrinos, primos pequeños..., y que dejen de leer porquerías tipo Crepúsculo y disfruten con libros de calidad.

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