Tengo debilidad por
Pratchett (creo que eso quedó claro en la entrada que le dediqué)
y adoro el Mundodisco. Me da igual que sean los libros de las brujas,
los de los magos (¡vivan el Tesorero y Ridcully!), los de la Guardia
(genial Nobby), los de la Muerte (que me encanta)… Todos son
divertidos, ocurrentes, magníficos, llenos de personajes
espléndidos. Incluso los libros presuntamente dedicados al público
juvenil como The Wee Free Men. Pequeños hombres libres
merecen mucho la pena (sí, ya sé que me estoy contradiciendo con
unos de mis argumentos en el post de Pathfinder;
pero Pratchett es una excepción). Solo por Tiffany Dolorido y sus
Terceros Pensamientos ya sería suficiente razón para leerlo, pero
es que, además, están los Feegles (los pequeños hombres libres),
unos primos lejanos de las hadas, de unos pocos cm de altura,
pelirrojos, greñudos, cubiertos de tatuajes azules de pies a cabeza,
malhablados y parranderos con complejo de perro pequeño: son
diminutos, pero se sienten grandes, así que se pelean con todo
aquello que se cruza en su camino.
Así que, cuando apareció
Un sombrero de cielo (y no Un tocino de cielo, como
dice mi novio, ya famoso por cambiarle los nombres a los libros sin querer),
los Reyes Magos no dudaron en incluirlo entre los regalos.
Me lo leí en un fin de
semana, durante el cual dejé abandonada por un rato La Casa de
Cadenas (por cierto, ¿por qué ha desaparecido el artículo en
la traducción, si en todos los libros anteriores se hablaba de la
Casa de las Cadenas?) para coger Un sombrero de cielo y
creedme si os digo que cumplió mis expectativas.
Han pasado un par de años
desde que Tiffany Dolorido, armada con una sartén y acompañada por
un puñado de Feegles, puso en su sitio a la Reina de las Hadas.
Desde entonces ha seguido con su rutina en la granja, además de
recibir lecciones de la señorita Lento (en las que aprende muchas
cosas, salvo magia. El único truco que domina es proyectarse fuera
de su cuerpo, lo que viene muy bien para ver qué tal te queda el
vestido nuevo si no tienes un espejo de cuerpo entero a mano), todo
ello bajo la atenta mirada de los Feegles, que intentan proteger a su
arpiña de cualquier cosa con la que se cruce (a pesar de que
la nueva kelda ponga pegas). Pero ha llegado el momento de
abandonar su tierra, la Caliza, y entrar como aprendiza de una bruja.
Durante y viaje y su estancia en la casa de la señorita Cabal,
Tiffany se ve acosada por un colmenero, un ente invisible que merodea
en torno a personas poderosas para intentar colarse en su cuerpo.
El libro consta con las
apariciones estelares de algunos personajes de sobra conocido, como
Yaya Ceravieja, pero podría pasar sin ellas. Recordemos que la serie
de Tiffany Dolorido, aunque está relacionada con los libros de las
brujas, no pertenece como tal a ellos; sí, salen Yaya y Tata Ogg,
pero la historia se mantendría perfectamente sin los cameos. De
hecho, en el orden de lectura oficial
los libros de Tiffany aparecen con una "conexión menor"
con las novelas de las brujas.
Un sombrero de cielo
se sostiene en el personaje de Tiffany, más todavía que The
Wee Free Men, donde los Feegles
tenían un gran protagonismo. Pero eso no le quita interés al libro.
Hay suficientes pasajes en los que los Feegles dan lo mejor de sí
mismos como para partirse de risa (lo que no hace aconsejable leer
este libro en los autobuses, porque luego te miran mal), aunque ahora
sean menos escoceses y más asturgalaicos que en el libro anterior (a
pesar de que papaberzas
sea un hallazgo de insulto). Probablemente mi parte preferida sea en
la que deciden seguir a la arpiíña
en diligencia y hacen el viaje disfrazados de humano y regalando oro
a manos llenas, que es simplemente descacharrante.
Pratchett
es capaz de crear con maestría y gran mimo a una niña aguda, un
poco repelente, con una lengua afilada, que se siente un bicho raro y
no termina de encajar en ningún sitio, salvo en el hogar que ha
dejado atrás. Una de mis mejores amigas decía que Lost in
Translation reflejaba mejor que
nada la soledad de dejar tu casa, el lugar que había sido todo tu
mundo hasta entonces. Qué queréis que os diga, seré una garrula
que no sabe apreciar el arte, pero a mí esa película no me dijo
nada (y eso que yo acababa de irme sola durante varios meses a dos
mil y pico kilómetros de mi casa), mientras que este libro sí me ha
transmitido esa sensación, mezcla de emoción, miedo, soledad... Un
sentimiento que, después de todo, no tiene solo que ver con mudarse,
y que, probablemente, sea reconocible para cualquier friki. ¿Será
por esto por lo que me guste tanto el personaje de Tiffany?
Y
es que con este libro Pratchett vuelve a conseguir un libro
verdaderamente para todos los públicos, algo que parece ser casi
imposible de escribir (y sí, os estoy mirando a vosotros, Orson Scott Card
y Trudi Canavan).
Un libro encantador, tierno, divertido, con gran parte de la ironía
a la que nos tiene acostumbrados el autor, y con uno de los
personajes más prometedores del Mundodisco.
En
conclusión, regaládselo a vuestros hijos, sobrinos, primos
pequeños..., y que dejen de leer porquerías tipo Crepúsculo
y disfruten con libros de calidad.

No hay comentarios:
Publicar un comentario
Cualquier comentario es bienvenido en Pues vaya libro friki (siempre y cuando siga las mínimas normas de educación, claro). Muchas gracias a cualquier lector que se tome la molestia de dejar su opinión.