lunes, 30 de septiembre de 2013

Capítulo 53: de las 'Crónicas del señor de la guerra' y de un Camelot más acorde a la historia y menos lleno de gallardetes



Este verano releí Crónicas del señor de la guerra de Bernard Cornwell (escritor del que ya hablé aquí), uno de los pocos autores de novela histórica a los que sigo leyendo, sobre todo porque huye del esquema “personaje en el presente descubre documento / artefacto que le lleva a indagar en un acontecimiento histórico, de forma que el libro alterna la trama actual con la pasada” que parecen seguir todos los libros del género que en los últimos años me llaman la atención. Cierto es que Cornwell siente debilidad por el de “guerrero anciano con luces justitas y que estuvo metido en todos los fregados importantes de su época escribe sus memorias”, como sabréis si habéis leído Crónicas del señor de la guerra y Sajones, vikingos y normandos; pero como una es un poco especial y no le tengo manía al patrón de Cornwell, sigo leyendo sus libros.

En la trilogía de Crónicas del señor de la guerra, Derfel, un anciano monje cristiano, recoge sus vivencias desde que Uther, rey de Dumnonia, presencia el nacimiento de su nieto y heredero Mordred. Poco después muere el rey, y el príncipe recién nacido se hace con el trono bajo la protección del hijo bastardo de Uther, Arturo. Derfel abandona a Merlín, en cuyas tierras se había criado, para convertirse en uno de los guerreros de Arturo, luchando para proteger el país de Mordred de los sajones que lo invaden desde el este y de los cristianos traidores que intentan tomar el poder.

Lejos de la iconografía clásica, con bellos palacios de altas torres engalanadas de gallardetes, y apuestos guerreros de brillante armadura que participan en torneos y se sientan alrededor de una mesa redonda, Cornwell narra las historias artúricas de una forma más verosímil y acorde a lo que se podría encontrar en la Inglaterra de la Edad Oscura. Arturo, bastardo de Uther, no es rey, sino un señor guerrero que lucha por devolver a los invasores sajones al mar del que vinieron y por mantener el juramento de proteger el trono de Mordred hasta que este sea suficientemente mayor como para ocuparlo, sin ofender ni a paganos ni a los cada vez más poderosos cristianos. Dumnonia no es la idílica Camelot, sino un lugar con barro, enfermedades y abortos, maloliente y lleno de pulgas y piojos. De hecho, si algo aparta las novelas de Cornwell de las historias de caballería que todos conocemos (sí, esas de las que parecen sacadas las imágenes de las portadas de los tres libros) es cómo trata el autor inglés el tema de la famosa Mesa Redonda, esa inmensa tabla a la que tropecientos nobles caballeros se sientan para mejorar el mundo, y que es circular para que todos sean iguales. En las Crónicas del señor de la guerra la Mesa Redonda es un bello mueble romano que Arturo saca al jardín para escenificar su hermandad de guerreros con la que intenta mantener unido el país, y sobre el que los guerreros juramentados terminan revolcándose borrachos, mientras se burlan de las raras ideas de Arturo. ¿Acaso Cornwell podría haber puesto más distancia con las leyendas artúricas de caballería sin usar dinamita?

Como siempre, la Dumnonia de Cornwell es un mundo realista, en el que los guerreros deben ser azuzados para enfrentarse a sus enemigos en el muro de escudos, donde se puede sentir el alcohol en el aliento del que está intentando clavarte un cuchillo por debajo del escudo de tu vecino, y donde se huele el hedor de la sangre y los cadáveres destripados. Y, por supuesto, Cornwell hace gala de su habilidad para narrar las luchas. Sus muros de escudos son agobiantes, terroríficos, llenos de adrenalina, sudor y miedo. La lucha es brutal, sucia y agotadora, muy lejos de los torneos y los gentiles combates del Camelot más clásico.

Conrwell retrata un mundo en decadencia tanto a nivel social como religioso. La marcha de los romanos dejó obras de ingeniería y construcciones que los britanos no pueden ni soñar en reproducir y que, simplemente, dejan que se degraden, convertidas en cuadras, o reparan de forma tosca. La masacre de la isla Mona llevada a cabo por los romanos, que diezmaron a los druidas, hizo que esta religión decayera hasta que en la época de Merlín (un viejo rijoso y pícaro en lugar del sabio de pelo blanco al que estamos acostumbrados) el paganismo agoniza y los druidas, antes respetados por todos, se ven abocados a hacer triquiñuelas para que sus dioses no pierdan la batalla contra uno más joven cuyos sacerdotes se valen de trucos similares para conseguir almas; donde unos utilizan babas de bivalvos para hacer aparecer a un enviado de los dioses, los otros mantienen el espino sagrado a partir del cual hicieron la corona de espinas del hijo de su dios, trasplantando uno nuevo a hurtadillas cada vez que el antiguo se seca. Dos religiones, dos formas de vida que, en el fondo, buscan lo mismo, esperando la venida de sus respectivos dioses atraídos por trastos viejos o por un aniversario redondo. Y, entre ellas, Arturo hace de fiel de la balanza, intentando contentar a todos los que están más preocupados por qué tipo de educación recibe el joven Mordred, y, por tanto, quién se sentará a su lado cuando gobierne, que por los sajones que, poco a poco, van robando más y más tierras (quienes, unas pocas generaciones después, se encontrarán en la misma posición que los britanos, luchando contra los vikingos en Sajones, vikingos y normandos, también de Cornwell). Arturo, un idealista para el que lo único sagrado es el honor, es un personaje torturado que se debate entre su deseo de vivir en una granja junto a su amada, en una tierra de paz y justicia en la que se levanten obras de ingeniería que mejoren la vida de todos, y su honor, que le obliga a luchar para mantener sus juramentos, y que no deja de ser una excusa que esconde el intenso placer que le provoca la adrenalina fluyendo por sus venas mientras cabalga hacia el enemigo. Porque Arturo, por mucho que quiera convertirse en labriego o herrero, no puede evitar que la sangre de grandes reyes fluya por sus venas, empujándolo a tomar las riendas del país cuando considera que las cosas se están torciendo. Arturo, aunque no es el protagonista, es el personaje que marca todos los acontecimientos de los libros. Es mucho más complejo que Derfel, que, igual que Uthred de Bebbanburg, el protagonista de Sajones, vikingos y normandos, es un guerrero hábil en la lucha y con buena cabeza para la táctica, pero menos despierto para el resto de cosas. Aunque, todo hay que admitirlo, Derfel es más feliz que Arturo, por más que sus pérdidas sean mayores que las de su señor.

Pero, en realidad, los personajes fuertes son las mujeres, las que no pueden luchar en la batalla, ni gobernar, ni llevar la tonsura de druida, y tienen que contentarse con quedarse en casa mientras los hombres se ocupan de esas cosas. Ceinwyn, la estrella de Powys, y, sobre todo, la ambiciosa Ginebra y la indomable Nimue son las verdaderas fuerzas de la naturaleza de los libros. Solo ellas son capaces de enfrentarse a los poderosos hombres y doblegar sus voluntades.

Las Crónicas del señor de la guerra son tres libros más que recomendables, no solo por el estilo y el buen hacer de Cornwell (sobre todo en los momentos de acción), sino por ofrecer una visión diferente a la típica versión de caballería de las leyendas artúricas, capaz de encandilar a toda clase de lectores.

4 comentarios:

JMHulme dijo...

No soy muy fan de Bernard Cornwell, también es verdad que sólo leí un libro suyo hace unos años. Y por otro lado, con el tema artúrico soy más partidario de la leyenda que de las muchas desmitificaciones que van saliendo: prefiero al símbolo que al personaje, en este caso. ¡Que conste que es una excepción! De niño me enamoré de "Los hechos del Rey Arturo y sus nobles caballeros", de John Steinbeck: es una revisión incompleta de "La muerte de Arturo" de Thomas Malory y es cojonuda.
¿Has leído la saga de Stephen R. Lawhead? Tarda dos libros en aparecer Arturo y aparece la Atlántida xD: una versión libre en toda regla, y a pesar de sus defectos (que los tiene) la recuerdo con cariño.
Admito mi frikismo con el tema artúrico. Estoy además muy metido en el asunto estos días porque hace poco me convencieron para desempolvar el "Pendragón", un viejo juego de rol de caballeros, y ahora dirijo una partida con un montón de gente desfaciendo entuertos por los caminos :) Mi novia está más contenta que unas pascuas porque se ha hecho amiga del Rey Pellinor y ha decidido pegarse a él hasta que la arme caballero. Bueno, hasta aquí la crónica personal, ¡no he podido resistirme!
Un saludo!

Nymeria dijo...

A mí me gustaron mucho Stonehenge, las Crónicas del señor de la guerra y también lo que llevo leído de Sajones, vikingos y normandos, pero tengo que reconocer que Los arqueros del rey me decepcionó bastante... No he leído los libros de Sharpe, pero algún día quiero animarme a leer lo nuevo que está sacando sobre la guerra civil americana, Crónicas de Starbuck, aunque esperaré a que salga en bolsillo, que es más económico y manejable para el autobús...

En realidad, yo no soy muy fan de las leyendas artúricas. De pequeña leí El rey Arturo y sus caballeros de Howard Pyle, de una colección de Anaya de la que tenía un buen montón de volúmenes (clásicos como Drácula, Frankenstein, varios libros de Sherlock Holmes, otros cuantos de H. G. Wells...) y que lo mejor que tenía era que, pese a ser infantil, no trataba a los críos como memos (por culpa de uno de sus apéndices, la escena de Van Helsing y los demás clavándole la estaca a Lucy nunca volverá a ser tan inocente...). Y también cayó Un yanqui en la corte del rey Arturo de Mark Twain. El caso fue que tanto gentil caballero no me emocionó, y dejé abandonado Camelot hasta leer la versión de Cornwell. De hecho, mirando por ahí información sobre la saga de Stephen R. Lawhead que mencionas, me suena haber estado hojeando los libros varias veces (también los de Marion Zimmer Bradley, que me recomendó una amiga), pero nunca me he decidido a leerlos. ¡Lo que no recuerdo haber leído en la contraportada es que también la Atlántida está metida en el lío de Camelot! Aunque, ahora que lo pienso, Jack Vance proponía en algún sitio de La trilogía de Lyonesse que las islas Elder (que también terminaron en el fondo del mar, matarile-rile-rile) fueron el mítico Ávalon donde descansa Arturo... De ahí a la Altántida hay un paso...

Por cierto, lo de tu novia haciéndose amiga del rey Pellinor para que la nombre caballero me parece genial :)

¡Saludos, y muchas gracias por comentar!

Potx dijo...

Buenas, yo también he leido la de Lawhead (y también la de Lyonesse y hasta el manual del juego de rol de Pendragón) y no creo que esta de Cronwell te vaya a decepcionar si la lees

Nymeria dijo...

Bienvenido a Pues vaya libro friki, Potx.

El problema de estas cosas es que, si tus versiones preferidas de Arturo son las clásicas, los libros de Cornwell (por mucho que sean geniales) te van a decepcionar un poco, porque no son lo que en el fondo esperas y quieres... Pero estoy contigo en que son más que recomendables.

¡Saludos y gracias por comentar!

Publicar un comentario

Cualquier comentario es bienvenido en Pues vaya libro friki (siempre y cuando siga las mínimas normas de educación, claro). Muchas gracias a cualquier lector que se tome la molestia de dejar su opinión.