viernes, 12 de noviembre de 2010

Capítulo 7: de 'Robin Hood. El proscrito' y de por qué Angus Donald no es Cornwell


Mi primera entrada sobre una novela histórica (o todo lo histórica que puede ser la recreación de la vida de Robin Hood, claro) va dedicada a Robin Hood. El proscrito, de Angus Donald.

Este libro, publicado en marzo de este año, ha tenido una magnífica campaña de publicidad, en la que las entrevistas al autor publicadas en la prensa española coincidieron con la película de Ridley Scott Robin Hood, estrenada en mayo. Curioso, ¿no? La novela muestra la situación del bosque de Sherwood en el siglo XIII desde el punto de vista de un ladronzuelo que tiene que refugiarse entre los proscritos. Al contrario que muchas de las versiones de la historia más conocidas, en este caso, Robin Hood no comanda una pandilla de alegres camaradas que cazan venados del rey y concursan en las competiciones de tiro con arco; esta vez, y siguiendo, quizás, la moda de hacer más reales personajes que se han ido convirtiendo en una caricatura de sí mismos (como hizo con el rey Arturo mi admirado Bernard Cornwell), Robin Hood es un tipo duro, cruel con los que lo traicionan, que no da nada gratuitamente.

Esta no es la única semejanza de Robin Hood. El proscrito con Cornwell. Las batallas son sangrientas, llenas de sufrimiento, crudeza y vísceras; la vida medieval está plagada de injusticias, enfermedades, hambre y violencia. Los campesinos, siempre manchados de barro y suciedad, son supersticiosos y, a sus ojos, las noches están pobladas de seres y monstruos. Sin embargo, probablemente el mayor parecido radique en la estructura del libro: al igual que en la trilogía Crónicas del señor de la guerra sobre el rey Arturo, y en la serie Sajones, vikingos y normandos sobre la Inglaterra de finales del siglo IX, ambas de Cornwell, Robin Hood. El proscrito es, en realidad, la historia de un muchacho, Alan, que se encuentra con el personaje de interés y vive entre sus hombres de confianza, convirtiéndose en un importante guerrero. Además, y para aumentar el parecido, es Alan, ya anciano, el que escribe el relato de sus aventuras, y aparece varias veces a lo largo del libro para quejarse del frío y de las viejas heridas.

Cualquiera pensaría que, dado que el tema es interesante y el libro sigue un esquema que ya me resulta agradable y familiar, Robin Hood. El proscrito me debería de haber encantado. Pues no. El libro se deja leer, pero no me enganchó lo suficiente para devorarlo. Por otro lado, el parecido con Cornwell no hizo sino recordarme que Angus Donald no es Cornwell. A Alan, el protagonista, le faltaba vida; no era Derfel de Crónicas del señor de la guerra o Uhtred de Sajones, vikingos y normandos. Robin nunca llegó a ser un personaje cercano y con el que te terminas encariñando a pesar de su dureza, como el Arturo de Crónicas del señor de la guerra. Y la narración de la batalla final es mediocre, un lío en el que no tienes claro cómo se desarrolla el ataque, y no transmite la angustia del momento antes del ataque y la euforia de la lucha; nada parecido, por tanto, a las magníficas descripciones de combates de Cornwell (¡esos muros de escudos en Crónicas del señor de la guerra!). El mayor problema ha sido que, al final, he pasado más tiempo pensando en lo que no me terminaba de cuadrar que en el argumento. Por ejemplo, ¿cómo es que Robin, siendo un noble y sin practicar en un solo momento, maneja con destreza el arco largo, cuando era un arma típica de campesinos que requería un entrenamiento intensivo? Y lo que es más llamativo, ¿cómo la reina permite que Marian haga escapaditas para verse con su novio el proscrito en los bosques?

Resumiendo, le recomiendo al que esté pensando en leer este libro que no se gaste el dinero y se busque otro, preferiblemente Crónicas del señor de la guerra de Bernard Cornwell.

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