sábado, 15 de enero de 2011

Capítulo 9: del ambiente opresivo y delirante y de los personajes dementes de Gormenghast


La trilogía de Gormenghast de Mervyn Peake está formada por tres libros: Titus Groan, Gormenghast y Titus solo, publicados entre 1946 y 1959, aunque el autor tenía pensado escribir al menos dos más. Actualmente se encuentran descatalogados en España (la editorial, Minotauro, no tiene la menor intención de reeditarlos, según me dijeron en un correo electrónico) y agotados en la mayoría de librerías, pero, si tenéis suerte, podréis encontrarlos en alguna biblioteca pública, como hice yo.

Por lo que he ido viendo en la Red, existe una gran controversia a la hora de clasificar estos libros en algún género: unos dicen que son novelas góticas, otros que literatura fantástica, otros que de terror... Como supondréis, yo no voy a ser la que venga a solucionar el problema, pero quería dejar claro que es una obra rara. Todo en estos libros resulta extravagante: los personajes, ensimismados y alienados por distintos motivos; la atmósfera enrarecida del castillo; los diálogos, incluso las figuras estilísticas. Es una novela que no deja indiferente.

El argumento es simple: describir la vida de Titus Groan, el heredero del castillo de Gormenghast, desde su nacimiento hasta la veintena. Pero esa historia es, al menos en los dos primeros libros, una mera excusa para retratar a todo un elenco de personajes estrambóticos que pululan por el castillo y al edificio en sí: los padres de Titus, lord Sepulcravo y lady Gertrude, su hermana Fucsia y sus tías, lady Clarice y lady Cora; la niñera, Tata Ganga; el médico Prunescualo y su hermana Irma; diversos criados, entre ellos Pirañavelo, Excorio o Vulturno; el maestro del ritual, Agrimoho; los miembros del claustro de profesores...

La historia transcurre en el castillo de Gormenghast, regido no por el conde, Sepulcravo, sino por los libros de la ley. Todas las mañanas, Agrimoho aparece durante el desayuno para instruir a su señor en todos y cada uno de los rituales que llenarán su día según indican los pesados volúmenes que recogen la Tradición (con mayúsculas, puesto que todos están obligados a vivir según esa ley y pensar siquiera en escapar es traición). Nadie entiende ya estos protocolos, detallados hasta la extenuación (describen hasta los segundos que deben pasar entre que una persona habla y otra entra por la puerta, y hay distintas opciones según llueva o haga sol), pero deben cumplirse, aunque requieran algo tan surrealista como pintar todas las columnas de un patio de rojo para raspar la pintura al día siguiente, puesto que ¿quién es ninguno de los personajes para cuestionar las tradiciones de los antiguos señores de Gormenghast?

Los rituales asfixian la vida en el castillo, un edificio enorme, laberíntico, con salas en ruinas o desconocidas para todos sus habitantes, pinturas desconchadas, polvo, objetos en diversos estados de descomposición, en el que hasta el mismo aire parece viciado y respirado por las setenta y siete generaciones de Groan que lo han habitado. Nadie tiene tiempo más que para preparar el próximo delirio de los libros de la ley (banquetes que nadie prueba, espectáculos que requieren grandes estructuras que serán demolidas justo al terminar...) mientras la vida pasa y el castillo se cae a trozos; de hecho, los habitantes de Gormenghast podrían ser los únicos seres vivos del planeta, y tampoco habría mucha diferencia, ya que no tienen ningún contacto con otros lugares.

Quizás por ser esclavos de la tradición, todos los personajes buscan una escapatoria a través de sus excentricidades. Lady Gertrude, una mole de carne coronada por una mata de pelo rojo, vive únicamente para sus pájaros, que pueden aparecer incluso en su escote, y para sus gatos blancos. Fucsia, la hija de los condes, pasa más tiempo en el reino de su imaginación que en la realidad. Las hermanas del conde, Cora y Clarice, dos personajes alelados, roídos por las ansias de alcanzar un poder que ni conocen ni sabrían cómo utilizar, vagan con sus vestidos púrpuras farfullando incoherencias. Pirañavelo es un simple pinche con un cerebro y una ambición excepcionales, incapaz de sentir afecto por nadie (no sé por qué, pero hay algo en este personaje que me recuerda al actor secundario Bob de Los Simpson). El doctor, con su hablar enrevesado, es quizás uno de los personajes menos afectados por el ambiente viciado y estancado del castillo, y, por tanto, el menos demente de las novelas.

Son las peculiaridades de los personajes los que los hacen tan atractivos. ¿Quién puede no cogerle cariño a Tata Ganga y su “oh, mi pobre corazón”, o a la sensible Fucsia? ¿Hay alguien que no disfrute con los diálogos desquiciados de Cora y Clarice, que no aprecie la humanidad del doctor Prunescualo y del profesor Bellobosque, o la lealtad de Excorio?

En mi opinión, estos libros son de los que odias o amas (aunque, para mi gusto, el tercero sobra), pero, aún así, creo que cualquier persona que busque alejarse de los tópicos y leer algo diferente apreciará la originalidad y la rara belleza de estos libros.

2 comentarios:

Quino dijo...

Como te dije en mi anterior comentario, tengo estos tres libros gracias a aquella costumbre (ya abandonada) del Corte Inglés de colocar mesas con libros de saldo. Minotauro debió liquidar existencias, y estos tres volúmenes estaban a 2'95€.

Los pongo en lista de espera. A ver si me acuerdo de comentarlos cuando termine de leerlos.

Nymeria dijo...

Hola, Quino. Yo hace siglos que no compro libros en El Corte Inglés, por varias malas experiencias que tuve.

¡Espero que disfrutes con la trilogía!

Saludos.

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