jueves, 29 de noviembre de 2012

Capítulo 43: de 'Aleación de ley' y los prejuicios tontos frente a la novedosa propuesta de Sanderson



Brandon Sanderson es un escritor muy prolífico. Desde 2005 ha publicado ya 13 libros (¡aprende a espabilarte, Martin!), entre ellos la trilogía de Nacidos de la bruma, Elantris, los dos últimos libros de La rueda del tiempo, El aliento de los dioses y El camino de los reyes. La cosa tiene su mérito, porque son muchos miles de páginas en tan poco tiempo. Y, ¿cómo se explica este ritmo de publicación? Pues muy fácil; resulta que, cuando se aburre de escribir el libro que tiene entre manos, se despeja..., ¡escribiendo otro! (podéis leerlo en esta entrada de su blog, si no me creéis). Y esto es lo que le llevó a escribir Aleación de ley.

Tengo que confesar que, en principio, Aleación de ley no me atrajo demasiado. Eso de que fuera Nacidos de la bruma pero trescientos años después me echaba un poco para atrás, después de ver tantas sagas alargadas sin necesidad. Porque era evidente que eso iba a rechinar, ¿no? Después de todo, tener el mismo mundo pero sin Vin y los demás me haría echarlos de menos, ¿verdad? Pero mi confianza en Sanderson me pudo y lo compré. Reconozco que, cuando empecé a leerlo y me encontré con "alomancia en el Lejano Oeste", mi fe en Sanderson se debilitó mucho, muchísimo. A pesar de eso, seguí con el libro. Y me enganché. Mucho. Tanto como para estar en un tris de pasarme una parada de metro a propósito para poder leer un minuto más (ahí empecé a preocuparme un poco, la verdad).

Por cierto, si no has leído Nacidos de la bruma, quizás quieras replantearte seguir leyendo. No es que vaya a destripar los libros, pero siempre he sido de la opinión de que cuanto menos se sepa, mejor.

El libro transcurre en el mismo mundo de Nacidos de la bruma, pero trescientos años después. Waxilium Ladrian vive en los Áridos, una región salvaje, con poca vegetación y gente tan dura como el ambiente, alejada de las modernidades de Elendel, la capital. Allí ejerce de Vigilante, manteniendo el orden gracias a su ingenio y a sus poderes alománticos y feruquímicos, hasta que, debido a su origen noble, se ve obligado a volver a la ciudad y hacerse cargo de su Casa.

La historia es una atractiva mezcolanza de novela de detectives (pero no del tipo de Sherlock Holmes, donde no te enteras de nada hasta que llega el listillos y se saca de la manga al malo, dejándote con cara de pardillo) y de fantasía, con mucha acción y explosiones (no en vano dice Wayne que las cosas tienden a explotar cerca de Wax) y el genial modelo de magia de la alomancia. La novela engancha mucho y en ningún momento se hace pesada. De hecho, cuando llegas al final lo único que piensas es "¿Ya se acabó?".

Pero, aunque la trama sea excelente, lo mejor del libro son los personajes, los más elaborados de los libros de Sanderson que he leído hasta hoy. Wax y Wayne, su ayudante en los Áridos, probablemente sean los dos mejores personajes de Sanderson. Son dos caracteres opuestos, con la madurez y educación de Wax frente al alocado y pícaro Wayne, que se intercambian rasgos cuando luchan, cuando Wax se lanza sin miedo entre el fuego cruzado, mientras Wayne, debido a sus habilidades alománticas y a su incapacidad de manejar armas de fuego, se ve obligado a parar para planificar adecuadamente su siguiente movimiento.

A pesar de sus diferencias, Wax y Wayne están tan unidos por si sentido de la justicia (aunque Wayne entienda a su manera el concepto de propiedad y del intercambio voluntario y equitativo) y una antigua amistad sustentada en muchas aventuras compartidas. Esa relación lleva a que estén constantemente metiéndose uno con el otro como solo dos viejos amigos pueden hacerlo, incluso en los momentos más tensos, haciéndote sonreír a pesar de todo.

Como siempre en la obra de Sanderson, aquí tampoco puede faltar la chica fuerte, valiente y con carisma. Una jovencita, en apariencia apocada y tímida, que me recuerda vagamente a la Vin de Nacidos de la bruma (que también era una mosquita muerta al principio) y que, como Vin, se siente atraída por un hombre bastante mayor que ella. No obstante, en Aleación de ley la tensión sexual (no diré si resuelta o no; os quedáis con la duda) es mucho más evidente que la que había entre Vin y Kelsier en Nacidos de la bruma y le da color al libro.

El sistema de magia es, obviamente, el mismo de la trilogía. Una de las novedades es que la feruquimia está más extendida después de que los terrisanos empezaran a mezclarse con la población general. Además, ya no hay nacidos de la bruma, aunque sí nacidos doble, con un poder alomántico y otro feruquímico; y más metales utilizables para las dos disciplinas.

El mundo sí ha cambiado totalmente. Donde en Nacidos de la bruma todo eran tierras cubiertas de cenizas y con vegetación muy escasa, trescientos años después lo único que persiste es la bruma nocturna; ya no hay cenizas, y, al menos en la capital y su periferia, la vegetación crece exuberante. Pero esos no son los únicos cambios. En esos tres siglos la civilización ha cambiado muchísimo: hay armas de fuego, el tren está extendiéndose a las zonas menos pobladas, la luz eléctrica está llegando a las casas, y en Elendel se están levantando los primeros rascacielos. Es decir, que si os imagináis los Estados Unidos de cuando los forajidos campaban a sus anchas por el Lejano Oeste (representado por los Áridos en la novela), os podréis hacer una idea. Es, por tanto, un entorno muy distinto del mundo pseudomedieval al que nos tienen acostumbrados las novelas de fantasía al uso (así, a bote pronto, lo único parecido que se me ocurre son las dos novelas de Max Frei, Forastero y Los reclutas de la eternidad, aunque más que nada porque Max es un terráqueo normal y corriente y porque allí donde va a parar, el Mundo, tienen automóviles). Y, qué queréis que os diga, por mucho que al principio tuviera mis prejuicios, el libro funciona y la ambientación moderna no solo no rechina, sino que lo hace más atractivo.

Una cosa muy curiosa, al menos para mí, ha sido cómo Sanderson ha convertido lo ocurrido en la trilogía de Nacidos de la bruma, ¡en mitología! Oír hablar de Ojos de Hierro, del Superviviente y de los demás en términos de dioses o, al menos, personajes mitológicos, es realmente chocante, pero hace que la continuidad entre unos libros y otros sea más firme.

En fin, personajes geniales y una trama atractiva y emocionante en un entorno novedoso, y, por si fuera poco, una novela autoconclusiva (aunque Sanderson se propone continuar con los personajes). Y, además, no pesa demasiado para acarrearlo para aprovechar los tiempos muertos en el bus (si luego os pasáis una parada por no dejar de leer, no me digáis que no os lo avisé). ¿Se puede pedir más?

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