lunes, 31 de marzo de 2014

Capítulo 59: de 'Redshirts' y el humor metaficcional de Scalzi


En el post anterior dije que los siguientes los dedicaría a Redshirts y a La tierra larga, si el trabajo me dejaba un hueco. Pues aquí estamos otra vez y, como lo prometido es deuda, vamos a empezar por Redshirts de John Scalzi (calma y tranquilidad, que el próximo se lo dedicaré a lo último de Pratchett y Baxter).

Descubrí a Scalzi con La vieja guardia y me gustó su sentido del humor, un poco negro, un poco surrealista, un poco de “caca, culo, pedo, pis”. Ese sentido del humor, capaz de hacer que el protagonista de  La vieja guardia bautice al ordenador que controla su cerebro como Gilipollas solo para oírle presentarse diciendo “Hola, soy Gilipollas”, me pudo. Vamos, reconocedlo, os habéis reído. Un ataque horrible de pereza, esa pereza incomprensible que hace que tengas cosas pendientes por ver o leer durante meses, a pesar de que sabes que te van a gustar, solo porque nunca encuentras el momento, ha hecho que todavía no haya seguido con el segundo libro, Las brigadas fantasma, aunque caerá más tarde o más temprano. ¡Venceré a la pereza! Y ese mismo sentido del humor es el que ha hecho que lea Redshirts, a pesar de que todo parecía indicar que no iba a terminar de disfrutar del libro, más que nada porque nunca he sido fan de series del tipo de Star Trek.

Andrew Dahl acaba de alistarse en las fuerzas de la Unión Universal y pronto es destinado a la nave insignia, la Intrepid, junto a un amigo suyo y varios reclutas con poca experiencia, todos vestidos de rojo, para sustituir a varios soldados caídos. Allí es destinado a xenobiología, y pronto observa una serie de cosas extrañas: una caja mágica que resuelve cualquier problema biológico unos minutos antes de que ocurra una desgracia; el comportamiento errático de varios gerifaltes de la nave; los sospechosos inventarios del almacén que llevan a cabo sus compañeros cada poco; las misiones en las que siempre sale algo mal… Todo le lleva a obsesionarse y a implicar a sus amigos en la búsqueda de una explicación a lo que les está pasando.

Redshirts es una novela extraña, porque, en realidad, importa más la reflexión sobre la situación de los personajes que ellos mismos o las peripecias que sufren (no quiero desvelar nada, por mucho que aquello de lo que no debo hablar es algo que se sabe relativamente pronto en la trama; de todas formas, estoy segura de que, si buscáis un poco, en algún sitio os lo destriparán con toda la alegría del mundo). No quiero decir que las aventuras de los personajes no sean entretenidas y, sobre todo, abundantes. En las trescientas y pico páginas que tiene el libro hay todo tipo de bichos y gérmenes alienígenas letales, máquinas infernales sedientas de sangre, varias batallas estelares, viajes en el tiempo y mil cosas más. Me refiero a que el libro no deja de ser una (divertida) meditación sobre el género de la ciencia ficción y sus tópicos, a pesar de que también funciona, y muy bien, como novela de aventuras espaciales, aunque un poco despendolada, eso sí.

Y, además, hay mucho sentido del humor. Las situaciones en las que se ven metidos los personajes llegan a ser absurdamente divertidas, sobre todo acompañadas por los comentarios resignados del protagonista cuando empieza a entender lo que sucede. Y las peleas que tienen los amigos, del tipo de las que tienen los niños pequeños en el recreo (esas que suelen terminar con argumentos de peso, como “pues tú más”), son geniales; aunque también tengo que reconocer que yo tengo debilidad por esas cosas. Sin embargo, el mejor momento de la historia principal es el de los secuestros sin pantalones. Qué queréis que os diga, pero me parece sensacional que baste con quitarle los pantalones a alguien para conseguir retenerlo contra su voluntad (y, tristemente, probablemente funcione el tiempo necesario como para convencerlo de que necesitas su ayuda, como en el libro; así es la humanidad, con sus contradicciones y estupideces crónicas, como la de hacer un programa nudista y pixelarlo todo). Y la naturalidad con la que los amigos del protagonista explican el secuestro y, un poco después del segundo secuestro sin pantalones, las suposiciones que hacen (demostrando que tienen la mirada sucísima, como dirían los Serrano) hicieron que me ganara unas cuantas miradas raras en el metro por echarme a reír (a nadie le extraña que alguien se ría de alguna tontería mirando el móvil, pero si es leyendo un libro, les parece una aberración. Así nos va).

Al parecer, la parte controvertida del libro son, según he leído por ahí, las tres codas del final, en las que Scalzi nos presenta lo que ocurre con tres personajes después de que sus vidas se crucen con el protagonista y sus amigos. Por lo visto, la gente las adora o las odia (al menos, no dejan a nadie indiferente, que ya es algo). Reconozco que la segunda es más floja, pero la primera me divirtió mucho. Los mensajes que publica en internet el protagonista de esa coda y las respuestas que recibe hicieron que tuviera que reprimirme para no ganarme más miradas extrañadas. Y la tercera coda es una historia bonita, así que, en conjunto, puedo decir que yo soy del grupo de lectores que disfrutaron con las codas.

Resumamos: Redshirts es un libro divertido, que se lee rápido, con un sentido del humor especial, con mucha acción y reflexiones metaficcionales. No obstante, los personajes son un poco planos, las situaciones pueden resultar demasiado absurdas para algunos y las codas desatan el odio de algunos lectores. Quizás no sea una gran obra de arte, ni vaya a marcarte de por vida de forma que, cuando tengas noventa años, le recuerdes a tus nietos que leíste cuando eras joven, pero hace que disfrutes el tiempo que lo tienes entre las manos, y eso suele ser más que suficiente.

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