En el post anterior dije que los siguientes los dedicaría a Redshirts
y a La tierra larga, si el trabajo me
dejaba un hueco. Pues aquí estamos otra vez y, como lo prometido es deuda,
vamos a empezar por Redshirts de John
Scalzi (calma y tranquilidad, que el próximo se lo dedicaré a lo último de
Pratchett y Baxter).
Descubrí a Scalzi con La vieja guardia y me gustó su sentido del humor, un poco negro, un poco surrealista, un poco de
“caca, culo, pedo, pis”. Ese sentido del humor, capaz de hacer que el
protagonista de La vieja guardia bautice al ordenador que controla su cerebro como Gilipollas solo para oírle presentarse
diciendo “Hola, soy Gilipollas”, me pudo.
Vamos, reconocedlo, os habéis reído. Un ataque horrible de pereza, esa pereza incomprensible
que hace que tengas cosas pendientes por ver o leer durante meses, a pesar de
que sabes que te van a gustar, solo porque nunca encuentras el momento, ha
hecho que todavía no haya seguido con el segundo libro, Las brigadas fantasma, aunque caerá más tarde o más temprano.
¡Venceré a la pereza! Y ese mismo sentido del humor es el que ha hecho que lea Redshirts, a pesar de que todo parecía
indicar que no iba a terminar de disfrutar del libro, más que nada porque nunca
he sido fan de series del tipo de Star
Trek.
Andrew Dahl acaba de alistarse en
las fuerzas de la Unión Universal y pronto es destinado a la nave insignia, la Intrepid, junto a un amigo suyo y varios
reclutas con poca experiencia, todos vestidos de rojo, para sustituir a varios
soldados caídos. Allí es destinado a xenobiología, y pronto observa una serie
de cosas extrañas: una caja mágica que resuelve cualquier problema biológico
unos minutos antes de que ocurra una desgracia; el comportamiento errático de
varios gerifaltes de la nave; los sospechosos inventarios del almacén que
llevan a cabo sus compañeros cada poco; las misiones en las que siempre sale
algo mal… Todo le lleva a obsesionarse y a implicar a sus amigos en la búsqueda
de una explicación a lo que les está pasando.
Redshirts es una novela extraña, porque, en realidad, importa más
la reflexión sobre la situación de los personajes que ellos mismos o las
peripecias que sufren (no quiero desvelar nada, por mucho que aquello de lo
que no debo hablar es algo que se sabe relativamente pronto en la trama; de
todas formas, estoy segura de que, si buscáis un poco, en algún sitio os lo
destriparán con toda la alegría del mundo). No quiero decir que las aventuras
de los personajes no sean entretenidas y, sobre todo, abundantes. En las
trescientas y pico páginas que tiene el libro hay todo tipo de bichos y
gérmenes alienígenas letales, máquinas infernales sedientas de sangre, varias
batallas estelares, viajes en el tiempo y mil cosas más. Me refiero a que el
libro no deja de ser una (divertida) meditación sobre el género de la ciencia
ficción y sus tópicos, a pesar de que también funciona, y muy bien, como novela
de aventuras espaciales, aunque un poco despendolada, eso sí.
Y, además, hay mucho sentido del
humor. Las situaciones en las que se ven metidos los personajes llegan a ser
absurdamente divertidas, sobre todo acompañadas por los comentarios resignados
del protagonista cuando empieza a entender lo que sucede. Y las peleas que
tienen los amigos, del tipo de las que tienen los niños pequeños en el recreo
(esas que suelen terminar con argumentos de peso, como “pues tú más”), son
geniales; aunque también tengo que reconocer que yo tengo debilidad por esas
cosas. Sin embargo, el mejor momento de la historia principal es el de los secuestros
sin pantalones. Qué queréis que os diga, pero me parece sensacional que baste
con quitarle los pantalones a alguien para conseguir retenerlo contra su
voluntad (y, tristemente, probablemente funcione el tiempo necesario como para
convencerlo de que necesitas su ayuda, como en el libro; así es la humanidad,
con sus contradicciones y estupideces crónicas, como la de hacer un programa nudista y pixelarlo todo). Y la naturalidad con la que los amigos del
protagonista explican el secuestro y, un poco después del segundo secuestro sin
pantalones, las suposiciones que hacen (demostrando que tienen la mirada
sucísima, como dirían los Serrano) hicieron que me ganara unas cuantas miradas
raras en el metro por echarme a reír (a nadie le extraña que alguien se ría de
alguna tontería mirando el móvil, pero si es leyendo un libro, les parece una
aberración. Así nos va).
Al parecer, la parte
controvertida del libro son, según he leído por ahí, las tres codas del final,
en las que Scalzi nos presenta lo que ocurre con tres personajes después de que
sus vidas se crucen con el protagonista y sus amigos. Por lo visto, la gente
las adora o las odia (al menos, no dejan a nadie indiferente, que ya es algo). Reconozco
que la segunda es más floja, pero la primera me divirtió mucho. Los mensajes
que publica en internet el protagonista de esa coda y las respuestas que recibe
hicieron que tuviera que reprimirme para no ganarme más miradas extrañadas. Y
la tercera coda es una historia bonita, así que, en conjunto, puedo decir que
yo soy del grupo de lectores que disfrutaron con las codas.
Resumamos: Redshirts es un libro divertido, que se lee rápido, con un sentido
del humor especial, con mucha acción y reflexiones metaficcionales. No
obstante, los personajes son un poco planos, las situaciones pueden resultar
demasiado absurdas para algunos y las codas desatan el odio de algunos
lectores. Quizás no sea una gran obra de arte, ni vaya a marcarte de por vida de forma que, cuando tengas noventa años, le recuerdes a tus nietos que leíste cuando eras joven, pero hace que disfrutes el tiempo que lo tienes
entre las manos, y eso suele ser más que suficiente.

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